Sunday, September 28, 2008



Bueno, señoras y señores, se acerca cada vez más el fin. ¿Cómo terminará esto? Sigan con nosotros.

Anabelle Timms caminaba rápidamente por los corredores del tercer piso. Se paró frente al ya conocido cuadro que retrataba un grupo de centauros contemplando las estrellas. Con un movimiento de varita hizo que los puntos brillantes formaran la constelación de Leo, una contraseña que ella misma había escogido. El cuadro desapareció dando lugar a una puerta de madera oscura. Anabelle respiró hondo antes de girar el picaporte dorado. La puerta se abrió con un chirrido y la joven sonrió levemente al notar que él estaba allí.
Kamus Ivory estaba sentado en el alféizar de la enorme ventana que daba al lago de Hogwarts. La luz pálida de la luna creciente y algunos pares de velas accesoria iluminaban tenuemente el ambiente. Anabelle pensó para sí misma que esa sala parecía mucho más acogedora durante el día, acostumbrada como estaba a frecuentarla siempre por la tarde, cuando se reunía con el joven Ivory para practicar para el Club de Duelos.
Entró y la puerta se cerró tras ella, lacrándose inmediatamente. Se acercó a Kamus con pasos inseguros; él no se molestó en mirarla todavía. Belle se sentó sobre la enorme y suave alfombra que cubría el suelo y fijó toda su atención en él.
—No pensé que vendrías...
Kamus apartó finalmente la mirada de la ventana. Anabelle perdió momentáneamente la respiración; sus ojos azul medianoche, tan fríos e inexpresivos, parecían brillar reflejando la llama de las velas que ardían.
—Dijiste que era importante. Espero que no me hayas sacado de mi sala común sólo porque estás teniendo problemas con el encantamiento paralizador.
—No, ya aprendí a lidiar con el Desmaius —Anabelle sonrió levemente—. No te preocupes, porque no te avergonzaré en los exámenes —dejó de sonreír, adoptando una postura más seria—. Te hice venir aquí porque necesitaba hablar contigo, Ivory. Es sobre lo que sucedió aquella noche, al comienzo del mes... —enmudeció, incapaz de continuar. A pesar de que sus recuerdos sobre la noche en cuestión eran difusos y nebulosos, recordaba lo suficiente como para haber despertado asustada al día siguiente, mirando el techo de la enfermería.
Recordaba haber salido a los terrenos de la escuela durante la noche para recuperar a Sibelle, la gata de Katherina. La felina estaba preñada e irritable, y se le había dado por huir del castillo y esconderse en el huerto de calabazas de Hagrid durante los últimos días.
De hecho, había encontrado a Sibelle, un poco más allá de la oscura cabaña del guardabosque, pero encontró también otra cosa abandonado el Bosque Prohibido en mitad de la noche. Siluetas. Más de una docena de ellas, avanzando silenciosas y sigilosas por entre la vegetación, como si fuesen espectros de humo negro. Lo siguiente que recordaba haber visto fue una claridad viniendo en su dirección y entonces surgieron voces extrañas, voces que sonaban dentro de su cabeza. Y después... después estaba la voz alterada de su madre gritándole a la señora Pomfrey al despertarse.
—Hasta ahora, aún no entendí muy bien lo que pasó... —comenzó ella, mirándose las manos, que reposaban sobre su falda—. Permanecí presa durante días en la enfermería y, cuando finalmente me dejaron salir, las vacaciones de Pascua ya habían comenzado. El profesor Dumbledore me llamó hasta su despacho y todos los directores de las Casas estaban allí, junto con McLaggen y Hagrid, y no dejaron de hacerme preguntas, pero no me acordaba de nada. Al final me explicaron algo sobre aprendices de mortífagos, que yo los había descubierto y sufrido un ataque de ellos, y que tú estuviste allí y me salvaste... Y quería preguntarte sobre eso, pero desapareciste completamente...
Kamus entendió inmediatamente a lo que ella se estaba refiriendo. Debería haber sabido que esa chica obstinada estaba demorando en venir a pedirle explicaciones. Aún así, era de veras extraño ver a Anabelle, que siempre se esforzaba por parecer la dueña de la verdad, perder la calma de ese modo. Esa noche ella parecía nerviosa e inquieta. Ivory no pensó que esos acontecimientos hubieran afectado tanto a la moza.
—Estuve en Londres durante las vacaciones. Tenía unos asuntos que resolver allá —Kamus no supo bien por qué le contó eso, pero le pareció lo mejor para apaciguar un poco los ánimos de la muchacha.
Anabelle suspiró, sintiéndose más tranquila al saber que él estaba bien. Había temido alguna especie de represalia por parte de los tipos que Kamus había atacado para defenderla. Sintió el corazón acelerársele un poco cuando se acordó de ese último hecho. Otra duda que la corroía era el motivo por qué él había hecho todo eso, pues, por lo que los profesores le explicaron, la presencia de Kamus en ese lugar no podía ser justificada de otra manera si él no estaba acompañando a los atacantes de Anabelle. El moreno era uno de ellos. Uno de los jóvenes mortífagos.
—Ivory... —levantó la mirada hacia el muchacho—. Dime, ¿por qué me defendiste?
Él se mantuvo en silencio. ¿Por qué la defendió? Ni siquiera Kamus sabía exactamente la razón. En aquel momento él no había pensado en lo que estaba haciendo. Solamente supo que, en el momento en que vio a Anabelle completamente indefensa, dominada por la maldición Imperius, con el tenue hilo de vida que la sostenía a punto de romperse en cualquier momento, decidió que no quería eso.
—No tolero la cobardía, Timms. Tú estabas en clara ventaja numérica, ibas a ser masacrada —respondió Kamus, sin dejar traspasar la mínima emoción en su voz.
—¿Por casualidad me crees tan inútil, Ivory? —sonrió con amargura—. Considerando que aún estás vivo y sin ninguna herida aparente, la desventaja numérica no debe haber sido ningún problema para ti.
—Yo soy un caso aparte.
—Ah, claro... —se rió ligeramente—. No sé por qué me molesté en preguntar.
Anabelle se mordió los labios. Después de tantos meses de convivencia, ya debería haberse acostumbrado. Kamus siempre sería así... frío, altivo, indiferente. Y, a pesar de todo eso, ella no podía negar que había aprendido a amarlo. Se sentía algo tonta por estar admitiéndolo para sí misma.
Su madre siempre le había dicho que el hombre del ella se enamorase sería muy afortunado y que, probablemente, dedicaría todos los días de su vida a probarle cuánto la amaba. Mira estaba equivocada, el hombre que Anabelle amaba jamás perdería tiempo con tontas demostraciones de afecto, aunque ella se dio cuenta que no le importaba eso. No quería a un perfecto príncipe gentil y amoroso, conforme deseaba su madre. Quería a Kamus Ivory.
Y fue envalentonada por ese pensamiento que Anabelle se levantó de la alfombra en donde estaba sentada y caminó hasta el muchacho. Él la observó, impasible, apoyar las manos pequeñas y frágiles sobre sus hombros mientras se paraba de puntillas y cerraba delicadamente sus ojos color ámbar. Antes que su mente pudiera confirmar lo que ella estaba haciendo, los labios de Anabelle se unieron a los suyos en un cálido beso. El pecho de la joven se infló de un sentimiento tierno y suave. Probar los labios de Kamus era mucho mejor de lo que había imaginado siquiera. Pero ese contacto duró muy poco. Ella se apartó antes que él pudiera reaccionar.
Anabelle hasta pensó en disculparse por su osadía, pero pronto descubrió que estaría mintiendo si lo hiciera, pues no se sentía ni un poquito culpable o arrepentida. Cuando amagó alejarse más, fue tomada de sorpresa por los brazos del muchacho, que la tomaron por la cintura.
Kamus acercó a la joven más hacia él. Una de sus manos dejó la cintura para dirigirse hacia el mentón de Anabelle, alzando suavemente su cabeza mientras volvía a besarla.
Sus manos se perdieron entre el cabello color miel y Anabelle lo abrazó cada vez más fuerte mientras correspondía al beso. El calor del cuerpo de la joven y el perfume de lavanda que se desprendía de su piel estaban comenzando a embriagar los sentidos de Ivory. Pero él aún estaba lo suficientemente lúcido para notar, con innegable satisfacción, que la joven estaba dispuesta a entregarse a él...



Monday, September 22, 2008



Después de casi dos horas sentada en los portones de la mansión de los Sinn, esperando un ómnibus que no aparecía, Betsy se levantó resuelta, sujetando la pequeña maleta. Había hablado en serio cuando dijo que preferiría ir a pie a Hogwarts a pasar una noche más bajo el mismo techo que Maxwell.
Comenzó a caminar siguiendo los linderos del bosque próximo. Estaba acostumbrada desde niña a hacer trayectos semejantes como ése cuando pasaba las vacaciones de verano en casa de sus parientes paternos en el norte de Inglaterra, casi en el límite con Escocia. La luna estaba llena y brillante, el camino estaba bien iluminado. Llevaba la varita consigo en caso de que necesitara defenderse, así que no había nada que temer.
Después de un rato de caminata, la joven se acordó de la conversación de Maxwell con Lecter. Sería mejor avisarle a Marion que tal vez estaba corriendo peligro. Levantó la varita, haciendo que una forma plateada, casi traslúcida, apareciese: un hada de cabello largo y alas bien delineadas. Su patronus. Él sería el mensajero de las palabras de alerta para su amiga.
Mientras veía al hada alejarse por los cielos rumbo a Hogwarts, Betsy escuchó un ruido cerca. Llevó la varita en posición de ataque por precaución. Un rostro de un tono medio tostado y largo cabello oscuro surgió detrás de los árboles. Parecía ser más joven que Elizabeth, a pesar del porte alto y fuerte. Una voz cálida surgió de los labios del jovencito, haciendo que Betsy se diera cuenta que no era una amenaza.
—¿Estás perdida? —dijo él, con una voz que indicaba que estaba a pocos pasos de volverse un hombre.
—No necesariamente. Sólo estoy tratando de volver a casa.
—Tal vez podamos ayudarte —dijo, indicándole a Elizabeth con la cabeza para que lo acompañase.
La joven lo siguió con pasos silenciosos, notando entonces que estaba cerca de un claro. Una enorme fogata crepitaba en un círculo formado por una comitiva de carrozas coloridas que parecían pequeñas casas rodantes. Unos caballos de porte elegante pastaban cerca. Mujeres de vestidos largos bailaban bajo el sonido de alegres violines.
Los ojos verdes de Elizabeth brillaron, fascinados. El pueblo de Rom. Hacía años que no veía un campamento como ése. Los había visto varios años atrás, cuando pidieron para pasar una noche en los terrenos de los Thorne cerca de la Gran Muralla de Adriano. Su fallecida tía abuela y antigua matriarca de la familia, Aribeth, había dejado que pernoctasen allá.
Y esos Roms, como los que había visto de niña, tenían magia en las venas como ella misma; era posible notarlo, casi como un aura invisible envolviendo el campamento. Tal hecho dejó a Betsy todavía más sorprendida, pues Voldemort y sus seguidores pasaron a perseguir a los gitanos con tanto empeño como lo hacía con los muggles y mestizos. Por lo que ella sabía, la mayoría del pueblo nómada había se había marchado de Inglaterra hacia el continente o se había refugiado en el norte de Gran Bretaña, en los confines más distantes de Irlanda y Escocia.
La joven de cabello carmesí permaneció en el borde del campamento mientras el jovencito se dirigía hacia una pareja, un señor de cabello muy blanco y una mujer de largo y encaracolado cabello color ébano. Betsy esperó pacientemente a que el chico hablase con los dos. Aunque eran un pueblo cálido, los gitanos defendían su privacidad más que nada y, en respeto a ello, ella sólo pisaría el campamento en caso de que fuera invitada.
Pocos minutos después la mujer se levantó, mientras el chico se acercaba a Elizabeth, tomándola de la mano.
—Adelajda quiere verte.
La joven bruja fue conducida a una de las carrozas. Aún en la puerta, ella sintió el aroma fuerte y dulzón del incienso. Sentada entre almohadas coloridas, estaba una morena cerca de una fogata. Tenía el cabello largo, encaracolado y oscuro como las alas de un cuervo, parcialmente escondido en lo alto de la cabeza por un pañuelo azul. Sus ojos parecían ser violetas; sin embargo, dependiendo del reflejo de las velas que iluminaban el ambiente, cambiaban ora a un tono azul, ora a un tono dorado. Una blanca sonrisa, rota apenas por el rojo de un rubí incrustado en uno de los dientes, iluminaba el bello rostro de la mujer.
—Entra y siéntate, jovencita —le habló la mujer—. Soy Adelajda. ¿Cómo te llamas?
—Elizabeth.
—¿Y a dónde te dirigías caminando en medio del oscuro bosque?
—A Hogwarts —respondió la joven de cabello carmesí, ya acomodada entre las almohadas.
La morena asintió.
—La escuela de los Altos Magos... Es un camino muy largo para alguien de piernas tan cortas. Pasaremos cerca de allí, podemos llevarte, si quieres... Con todo, tú no eres uno de ellos, ¿verdad? Por más que trates de esconderlo, tu magia es tan antigua como la nuestra...
Una sorpresa tan grande al punto de enmudecerla se apoderó de Betsy. Era verdad que los Thorne eran una familia de origen celta, adeptos a la Antigua Magia, práctica relativamente diferente de la que estaba aprendiendo en Hogwarts. La gitana volvió a sonreír ante la perplejidad de la joven. Con delicadeza, sostuvo el rostro de Betsy, mirando sus ojos esmeraldas con atención, los “espejos del alma”. Después de un rato de observación le soltó el rostro, sujetando con firmeza la muñeca de Elizabeth.
—Ahora que te conozco —dijo la mujer—, vamos a ver lo que las líneas de tu mano nos revelan. Sindel dice que te encontró perdida en el bosque, pero comienzo a darme cuenta que fueron los entresijos del círculo de la vida los que te trajeron aquí. Tu familia es tan antigua como esta tierra, pero el nombre que tú llevas es el tercero que ustedes adoptan... el primero se perdió en las brumas del pasado...
Los ojos de la gitana chispearon momentáneamente y miró una vez más los verdes ojos de Betsy.
—Acabaste de tomar nuevamente las riendas de tu destino. Debes estar orgullosa de ello, pues elegiste la opción correcta. Tendrás frente a ti tiempos de luces y sombras, de dolor y de alegría. Encontrarás tu felicidad en donde menos lo esperas. Y fue la Providencia que te trajo aquí...
Adelajda cerró los ojos un momento al darse cuenta de las razones que la hacían sentir que ya conocía a la joven de cabello flameante. Se acordó de un niño desgarbado y asustado que había entrado a su tienda, cuando pasó escondida por corto tiempo entre los sin magia, al inicio de la persecución del gran Señor de la Oscuridad contra su pueblo, cuando su clan tuvo que dispersarse.
—Encontré a la mitad de tu corazón varios años atrás —dijo ella, con voz firme y aterciopelada—. Esa cadenita que traes en el cuello, la representación de quién eres verdaderamente, va a ser la forma como él te reconozca; por lo tanto, nunca te separes de esa joya.
La morena soltó la muñeca de Betsy, levantándose y dirigiéndose hacia la salida de la carroza.
—Puedes quedarte aquí y descansar, le pediré a alguien que te traiga vino y comida.
—Gracias —asintió Elizabeth, educadamente.
Apenas se fue la gitana, se dispuso a mirar el dije con forma de hada que Aldebarán le había dado el día de su compromiso. La mitad de su corazón... ¿qué quiso decir con ello? Fuese como fuese, sentía que debía tomar en serio los consejos de Adelajda. Se acomodó entonces entre los almohadones coloridos y, antes de darse cuenta, cayó en un sueño profundo y reparador.



Tuesday, September 09, 2008



Bueno, bueno, se está viniendo el final, mis estimados. Muchas cosas comienzan a definirse. ¿Qué pasará con Elizabeth? Sígannos leyendo.

8- El inicio del fin

Los pasos de la joven de cabello bermejo eran suaves y silenciosos. Aun en la inmensidad de la antigua e imponente casa de los Sinn, apenas era posible distinguir los pasos de Elizabeth recorriendo los extensos corredores.
Los meses pasaron más rápido de lo que hubiera deseado ella. Ya eran las vacaciones de Pascua y, en breve, estarían graduándose y saliendo de Hogwarts, prestos a encarar la inseguridad que la vida fuera de los altos muros de la escuela traería.
El compromiso de ella y Maxwell continuaba fluyendo de forma tranquila y serena. Maxie parecía más dulce y cariñoso con la proximidad de la finalización del año escolar y, sospechaba ella, que él le propondría la fecha de la boda en breve. Con todo, para ella, era seguro que sólo se tornaría efectivamente la señora Sinn después del término del entrenamiento como auror. Su prometido tendría que comprender su decisión... esperaba que lo comprendiese.
Sin embargo, aunque creía que era feliz junto a Maxwell, vuelta y media las duras palabras proferidas por Sirius se repetían en el fondo de la mente de Elizabeth. Su férrea voluntad de mantener el compromiso flaqueaba en algunos momentos. Era como si la sombra de la duda la corroyese por dentro mientras trataba con todas sus fuerzas de ahogar esa sensación. Maxwell nunca le había dado ninguna razón para dudar de su integridad.
Fue precisamente para acallar definitivamente esas dudas que Betsy pensaba ser infundadas que decidió acompañar a Max a la casa de los Sinn en las vacaciones de Pascua, además de ser una forma de compensarlo por no haber viajado con él a Irlanda en las vacaciones de Navidad.
La joven hechicera sonrió serenamente. Por la hora que era, su cuñado y la esposa de éste ya se habrían retirado a sus aposentos. Justine y Henry siempre se recogían después de la cena y una o dos copas de jerez. No necesitaban preocuparse por hacer dormir a la pequeña Madeleine, ya que las sirvientas de la casa eran las responsables de cuidar a la niña. Max, mientras tanto, tenía el hábito de irse a la biblioteca, donde se quedaba leyendo hasta un poco más tarde. Betsy decidió salir de su propio cuarto y darle una sorpresa a su prometido y aprovechar un momento a solas con él, ya que las constantes actividades sociales de los Sinn mantenían la casa siempre llena de invitados, visitantes o criados.
Betsy se acercó sin titubeos a la puerta de la biblioteca. La abrió lentamente pero, en vez de ver a su prometido sentado en el amplio sillón con un libro en el regazo, lo que vio fue al moreno inclinado cerca de la chimenea mientras crepitaban unas llamas esmeraldas. En medio de ellas, se destacaba el rostro de Stanford Lecter.
—No entiendo cuál es la dificultad que estás teniendo, Stan. Te pedí que te quedaras en la escuela para que resuelvas algo tan simple para mí —decía Max, con una voz fría que Betsy nunca había escuchado antes—. Con tantos aprendices de mortífagos en Hogwarts, no me parece imposible que uno de ellos no esté de acuerdo en darle un susto a la sangre impura de Peterson. Tiene que ser ahora, ya que Betsy y yo estamos fuera por las vacaciones, así mi querida prometida no sospecharía de mí. Tú sabes que Peterson es el único verdadero impedimento para que mi control sea total sobre Elizabeth.
Los ojos esmeraldas de la joven se agrandaron del espanto. No podía creer lo que estaba oyendo. Era como si algo se rompiese en su interior. Más que decepción de Maxwell, estaba decepcionada consigo misma por haberse dejado influenciar por tanto tiempo.
—Entonces todo era verdad. ¡Todo el mundo trataba de advertirme de lo canalla que eres y yo siempre negándome a escuchar, siempre defendiéndote, siempre diciendo que era un perjuicio contra ti por ser de Slytherin!
El aludido se volvió de sopetón al notar a su prometida parada en el umbral de la puerta de la biblioteca. Lecter desapareció de las llamas esmeraldas, que retomaron el tono rojizo del fuego común.
—Betsy... no es lo que estás pensando, querida mía... —trató de enmendar Maxwell, con voz seductora y afable.
La joven lo miró de forma incisiva y seria.
—Escuché todo, no tienes cómo negarlo. Terminamos, nuestro compromiso terminó.
El heredero de los Sinn caminó con zancadas largas y fuertes hasta donde ella se encontraba y, cuando estuvo relativamente cerca, preguntó:
—¿Será que puedes repetirme lo que dijiste, Elizabeth?
—Exactamente lo que oíste. Estoy rompiendo nuestro compromiso. No quiero quedarme con una persona que me engaña y me miente, alguien que tiene la capacidad de amenazar la vida de alguien que me es querido.
Las facciones del rostro del muchacho se alteraron por completo en una mueca de odio. En un impulso sujetó a Elizabeth con fuerza de las muñecas.
—Soy un Sinn, ¿lo sabías? Nadie abandona a un Sinn. Nosotros tenemos lo que queremos cuando queremos. No creas que simplemente voy a dejar que te vayas sin más después de dos años moldeándote como una piedra preciosa para volverte la esposa perfecta para mí. ¡Eres mía, Betsy!
Finalmente la máscara cayó, la verdadera cara de Max se reveló. Con todo, Betsy no esperaba que fueran facciones tan horribles como las que tenía ante sí. ¿Cómo pudo ser ciega por tanto tiempo?
Las muñecas comenzaron a dolerle y podía sentir el cálido aliento de Maxwell cerca de su rostro. El aroma de la menta diabólica que él acostumbraba a masticar la dejó un poco atontada. Sin embargo, Betsy no tenía miedo, pero sí desprecio y rabia por el que había creído un día amar. Miró a Sinn con ojos afilados y fríos.
—¿Qué vas a hacer entonces, Max? ¿Tomarme a la fuerza? ¿Y después? ¿Vas a lanzarme un Obliviate para que olvide lo sucedido? O quién sabe si consigues un filtro de amor para que beba y continúe creyendo que te amo. No esperaba que fueras tan patético.
El moreno no respondió, sólo la miró, atónito. No esperaba esa reacción de Elizabeth. Los dedos se aflojaron involuntariamente. No, él no podría tenerla contra su voluntad porque nunca fue lo que quiso. Era el desafío de manipularla, tornarla su pequeña Pandora tal cual hizo Pigmalión, de moldearla a su voluntad, lo que hacía el juego interesante. El deseo de subyugar a una mujer tan altiva e independiente como Elizabeth era el verdadero premio, algo que trascendía la mera cuestión carnal. No había más que hacer. Había perdido el juego, tenía que ser un buen perdedor.
Al sentir las manos de su ex prometido aflojarse, la joven se soltó de Sinn. Se masajeó las muñecas, tratando de aliviar el dolor.
—Me marcho —dijo ella, seca.
Max levantó el rostro, mirándola de forma casi apática.
—¿A mitad de la noche? No hay nada afuera a no ser arbustos.
—Intentaré hacer que venga el autobús noctámbulo, siempre aparece... Y si no aparece, prefiero irme a pie a Hogwarts que permanecer un minuto más aquí. Voy a hacer el equipaje.
La heredera de los Black-Thorne salió impetuosamente por la puerta de la biblioteca, mientras Maxwell se dirigía hacia el sillón de lectura, dejándose caer pesadamente en él. No estaba acostumbrado a perder, pero, tenía que admitirlo, había subestimado demasiado al oponente que había elegido. Sin embargo, apenas se recuperase, ciertamente encontraría otro juego tan interesante como Elizabeth.





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CRÉDITOS

TRADUCCIÓN:Corina Frasier












Este blog es un fanfiction inspirado en los libros de Harry Potter. Nuestra historia comienza en los años 70, el tiempo de la primera guerra mágica. Nuestros personajes son originales, inspirados por el universo de JK Rowling.

NICHOLAS DANIEL JOHNSON


Escritor muggle de libros de fantasía y ficción. Sus padres, Richard y Mary, eran profesores de literatura inglesa, lo que tal vez haya influenciado a Nicholas en su elección profesional. Ambos murieron en un accidente de tráfico al regresar de una conferencia en una noche lluviosa, cuando Nicholas tenía doce años. Fue criado por su hermano mayor, Robert Johnson.


ELIZABETH ASTREA BLACK-THORNE JOHNSON


Heredera de una ultra tradicional y conservadora familia de magos, los Black-Thorne, Elizabeth nunca aprobó las ideas tradicionalistas de sus padres, siempre entrando en serios conflictos con ellos, especialmente con su madre, Marguerite. Cuando era estudiante perteneció a Gryffindor, hecho que generó una nueva desavenencia entre ella y su familia. Es alegre, valerosa e intrépida. Trata con igual simpatía a muggles, magos y mestizos. Es más, su mejor amiga, Marion Peterson, es hija de muggles. Cuando se graduó en Hogwarts decidió ser auror como su hermano Aldebarán, a quien mucho admira.


ALDEBARÁN AURELIUS BLACK-THORNE


Hijo primogénito de Pericles y Marguerite, Aldebarán siempre tuvo una personalidad introvertida. Raramente sonríe a no ser en presencia de su hermana menor, a quien le profesa un gran amor. No aprueba las ideas de sus padres sobre la pureza racial entre los magos y siempre trata con igual deferencia a muggles, magos y mestizos. Cuando estudiaba en Hogwarts perteneció a Ravenclaw. Es un hombre justo y valiente.


FRIDA WITOSLAWA GRYGIEL


Es una bruja de origen polaco y estudió en Durmstrang de joven. Se mudó a Inglaterra poco después de graduarse. Es una mujer elegante, educada y distinguida.


LUDOVIC SEDARIUS ERÍDANO BLACK-THORNE


Hijo del medio del matrimonio Black-Thorne, Ludovic siempre fue el preferido de sus padres exactamente por ser el único de la prole que aprobaba incondicionalmente las ideas paternas acerca de la purificación de la raza mágica. Perteneció a Slytherin cuando estudió en Hogwarts. Después de graduarse se hizo mortífago. Ludovic es uno de los más inescrupulosos, perversos y amorales siervos de Voldemort y uno de sus principales asesinos y torturadores.


ALEXANDER Y GABRIELA SINCLAIR


Gryffindor en los tiempos de Hogwarts, Alex era conocido por su coraje e integridad. Se volvió auror después de graduarse, pero por amor a su esposa abandonó el empleo y se volvió instructor de la Academia de Aurores. Es uno de los mejores amigos de Aldo.
Gabriela nació en Perú y se mudó a Inglaterra para trabajar con su hermano mayor. Muggle, siempre tuvo dificultades en aceptar y lidiar con el mundo mágico, pues iba en contra del temperamento racional que ella cultivó durante años. Es una mujer cariñosa pero de genio fuerte.


LUCY REINFIELD


Miembro de Hufflepuff en época del colegio, vio a sus padres ser asesinados por mortífagos cuando tenía once años de edad; escapó gracias a que estuvo escondida y su madre logró distraer a los siervos de Voldemort. Sin otros parientes vivos, Lucy pasó a estar bajo la tutela de Bartemius Crouch, amigo de largo tiempo de su padre y que terminó ocupando efectivamente el cargo que sería de Reinfield. Cuando se graduó en Hogwarts, Lucy trató de entrar a la Academia de Aurores, pero suspendió los exámenes físicos. Fue gracias al "tío Barty" que Lucy consiguió el puesto de secretaria en el Cuartel General de Aurores.


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